Los edulcorantes son sustancias que se añaden a los alimentos por sus propiedades como substitutos del azúcar y jarabes de glucosa con el fin de endulzar. Pueden ser divididos en dos grupos en función de su poder de impartir un sabor dulce, los intensivos que en poca cantidad confieren un gran dulzor al producto al que se le añade y los de volumen imparten un dulzor similar o inferior al del azúcar y pueden ser empleados en porcentajes similares a los del azúcar o jarabe de glucosa a los que sustituyen. Entre los primeros encontramos al acesulfamo K, el aspartamo, los ciclamatos, la sacarina, la taumatina y la neohesperidina DC, entre los segundos sorbitol, el manitol, isomalt, maltitol, lactitol y xilitol pertenecen a la familia de los polioles.

El uso de todos está destinado a la fabricación de productos bajos en calorías que permiten disfrutar del placer de los sabores dulces a personas siguiendo dietas, son empleados en la fabricación de alimentos y bebidas que no provocan caries (por eso mismo pueden ser usados en dentífricos), también se debe de indicar que algunos de ellos son usados en alimentos como humectantes (jarabes de sorbitol). Las dosis en las que pueden ser añadidos a los productos alimenticios, así como los criterios de pureza que deben de cumplir se encuentran perfectamente regulados en la UE.

Sin embargo desde el año pasado la industria está volviendo su mirada a otras sustancias edulcorantes con un creciente interés, para substituir a los intensivos, que en ocasiones se han visto rodeados de una mala reputación, por otras sustancias de origen natural. De ellas vamos a hablar en esta entrada, en concreto de dos de ellas: la stevia y derivados, la brazzeina y la fruta milagrosa a la que le dedicaré una entrada posterior en el blog.

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